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lunes, 22 de agosto de 2011

Felicidad en la solidaridad


Por Alberto Gutiérrez

Santos y filósofos, creyentes o no, poetas y artistas de todos los géneros y tendencias; y, aún las teorías políticas, hablan de la felicidad, cada uno de acuerdo a sus categorías, como un bien supremo, cuya posesión o disfrute sería la razón y el núcleo mismo de la existencia humana.
Sobre la felicidad se ha escrito tanto como sobre el ser humano mismo, hecho que permite presumir un marcado interés de la humanidad por develar, no sólo la significación y naturaleza de la felicidad, sino también la relación entre ella y la esencia humana. Generalmente, el concepto de felicidad se inscribe en el ámbito o esfera de lo espiritual o de lo que la temprana Psicología llamaría el alma, hoy la mente humana. Incluso la Biología y la Medicina han llegado a relacionar los estados de felicidad con la producción de ciertas hormonas que dan a la persona la sensación de bienestar, estableciendo una relación fisiológica con el estado de felicidad.
Comúnmente la felicidad es presentada como si ella fuese una realidad palpable y mensurable por categorías relativas a los verbos Ser o Estar. Así, las personas se refieren a ella con expresiones como “soy feliz” o “estoy feliz”, demostrando el carácter sustantivo y nunca adjetivo de la felicidad. Tal categorización es correcta, siempre y cuando estas expresiones reflejen un estado de balance interior que permite mantener un equilibrio emocional frente a las múltiples experiencias que se ha de vivir en el diario trajinar, ya sean estas experiencias positivas o negativas.
Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, evoca la felicidad como el fin o razón última de la existencia humana. Por otra parte, Pablo de Tarso dice que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”, según lo cual tal conocimiento sería el fin último de la persona humana. De hecho, pareciera haber una relación proporcional entre el conocimiento de la verdad y el disfrute de la felicidad, de lo cual pudiera inferirse que el conocimiento de la verdad última y primera se equipara al logro de la felicidad en el sentido aristotélico.
             Bajo la óptica del Cristianismo y sin pretender ofrecer una definición absoluta, lo cual es misión harto difícil, la felicidad es un movimiento del espíritu humano dirigida a favorecer la convivencia entre las personas y fomentar el desarrollo de la especie. Ella pertenece, definitivamente, a la esfera de la sociabilidad de la persona y está en directa relación con la realidad del otro, de modo que no puede existir la felicidad sino en el sentido único de ser feliz con alguien más diferente de uno mismo, o por alguien más diferente del sí mismo. Esta es una verdad lapidaria que se enfrenta al espíritu de individualismo y egoísmo que se encierra, no sólo en tendencias personalistas, sino también en paradigmas de tipo social y político como los que promueve el capitalismo exacerbado, que exalta el individualismo recalcitrante atentando contra la solidaridad y que, en la práctica, hace casi imposible el ejercicio de la caridad a causa del dominio absolutista de la doctrina del mercado como regulador primario de las relaciones humanas. Allí radica fundamentalmente el fracaso del capitalismo como respuesta a la consecución de la felicidad de la persona y de los pueblos.
La felicidad, como estado de libertad de la conciencia, es un asunto relativo a la solidaridad, a la vida con y por el otro, de modo que es imposible ser feliz en soledad y aislamiento, excepto por la entrega espiritual al Otro por excelencia, que constituye la Verdad última y primera y que es el Alfa y la Omega: Jesucristo. Aquel que nos quiere en comunidad (no comunismo), en solidaridad y hermandad mediante el ejercicio de la caridad sea cual fuere el estado de vida, etnia, condición política, social o sexual en el que luchamos por llegar a la felicidad, que resulta ser Él mismo.

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